“Quizás una mañana de otoño te hubiera conocido si las hojas de los árboles que caían sin cesar no hubieran tapado mi ventana. Quizás sino hubiera dejado de sonreír por ciertas tristezas que aquejaban mi alma, te hubieras enamorado de mí; no, no de mí, de mi sonrisa. Si me hubiera empeñado en conocerte lo hubiera hecho… pero los hubieras no existen, existe el ahora y ahora estoy solo”, narra Joaquín, pausado y lentamente, mientras los asistentes al Festival de Cuentería lo miran fijamente esperando que pronuncie otra frase más que les alimente la imaginación.
Cuando termina siempre pregunta si les gustó o no, y si alguno hace mala cara o se siente disgustado, Joaquín hace hasta lo imposible para que quede contento porque eso sí, el público, como dice él, es lo que hace al cuentero.
“No hay nada como ver las caras de expectativa cuando yo cuento una historia. La plata no es lo que me llena, lo que me hace sentir satisfecho es ver la felicidad en los rostros del público, es terminar de contar una historia y que la gente se te acerque y te de la mano para agradecerte; eso de verdad no tiene precio”.
Él es un hombre de 35 años y hace sólo ocho cuenta cuentos en el Festival de Cuentería. Le ha ido bien, muy bien para ser un inexperto en el tema; para ser un joven que a duras penas se graduó del bachillerato sin ningún honor o premio y que durante casi 10 años fue literalmente un vago, que recorría la vida sin sentido ni esperanza, que le daba lo mismo si estaba vivo o no. Simplemente es un hombre que ha sabido aprovechar su imaginación para mezclarla con la realidad diaria que le toca vivir. Es cuestión de dejarse llevar por los sueños, por la creatividad, sin ataduras ni predisposiciones… volar sin importar dónde vas a caer porque lo peor que te puede pasar en la cuentería lo creas tú, no está escrito.
Luego de una hora seguida de cuentos, poesías e historias, Joaquín coge un bus en el Parque de Berrío con destino a su barrio, Manrique. Mientras descansa su mirada siguiendo las luces que marcan el camino, piensa en todo lo que dijo, en cada palabra que expresó, obviamente esperando causar gran impacto en su audiencia y sobre todo ganas y pasión por el cuento. Porque no hay nada mejor para él que incentivar a otros a que sigan su camino y más a personas que como él han tenido que vivir la pesadilla de la guerra en su comuna, en su barrio, en su hogar.
—Me deja en la esquina si me hace el favor — grita Joaquín desde la puerta trasera del bus.
Al bajarse saluda a los pelados de la esquina, una banda que según él cuidan el barrio y que es mejor tenerla de amiga que de enemiga. Para ellos, Joaquín es un héroe, un ejemplo a seguir. Salir de una comuna a rebuscársela es difícil, pero a ser cuentero… eso ya es otra cosa.
––Quiubo cómo les va?– pregunta con calidez Joaquín
––Bien en las mismas de siempre, acá parchados–– responde Steven, un muchacho de apenas 15 años.
––Echen juicio pues. Éntrense pa´ la casa que ya está tarde. Es mejor evitar problemas...
—No es fácil sobrevivir a una guerra que lleva más de dos décadas azotándonos, pero cada uno elige lo que quiere hacer, escoge su camino. Hay algunos que escogen la vida fácil, el dinero regalado y quitar vidas para seguir la de ellos, pero otros como yo, que lamentablemente no somos muchos, la luchamos, la rebuscamos y la sufrimos. Cada centavo que nos ganamos nos enorgullece y nos hace crecer y creer que los buenos sí podemos ser más— cuenta Joaquín mientras le dan la cerveza que pidió en la tienda de Ruby.
La vida le ha dado muchos giros y la guerra lo ha revolcado otros tantos, pero él se ha sabido parar. Su hermano murió por una bala pérdida luego de una balacera el pasado diciembre, su hermana está embarazada de un miliciano que a duras penas le da para los pañales, y su madre, soltera, porque a su padre nunca lo conoció, trabaja como empleada doméstica.
“La vida nunca es fácil, pero uno es el que se la complica más. Los cuentos y las poesías lo transportan a un lugar donde todo es felicidad, donde la magia y la alegría que producen las palabras detienen todo el dolor y sufrimiento de una realidad que se queda ahí, estática, y que te envuelve o te deja libre, eso está en cada uno; que te tapa como las hojas de otoño a la ventana o que te deja sonreír sin cesar.”
El despertador suena y Joaquín sonríe por el día que le espera.


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